EL ESPÍRITU DE LA LUZ Y FRATERNIDAD

La resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo, enviado a todos por Cristo resucitado, son esencialmente la misma cosa: el Espíritu que habita la Iglesia es el fruto final de la Pascua.

Es por eso que en la Misa de hoy la Iglesia habla del Espíritu Santo que trabaja en la primitiva Iglesia, En esta primera lectura, el Espíritu guía a la Comunidad cristiana discerniendo y decidiendo sobre cuestiones que dividían a los convertidos.

En el texto de la segunda lectura se nos entrega la revelación de Juan sobre la presencia de Dios en la Iglesia, por su Espíritu. “La ciudad santa de Jerusalén” es símbolo de la Iglesia, cuya luz es el mismo Señor.

Nosotros los cristianos estamos llamados a participar en esta luz a través del Espíritu Santo, que hemos recibido, y a compartir esta luz con los demás.

El Evangelio de hoy es el Evangelio del Espíritu prometido por Jesús. La promesa (“el Padre les enviará (el Espíritu Santo) en mi nombre… para enseñarles … para recordarles mis enseñanzas”) es precedida por una condición: Amar a Jesús y ser fiel a su palabra; entonces “vendremos a él”.

Esto significa que la intensidad del Espíritu en cada uno de nosotros está en proporción a la fidelidad al Evangelio y al seguimiento de Jesús. La experiencia del Espíritu Santo y la imitación de Jesús van mano a mano en nuestra vida concreta.

Pero más aún, la promesa del Espíritu significa igualmente la promesa de Cristo de concedernos Paz. La Paz de Dios, tan diferente de la paz del mundo, no puede ser adquirida por simple fuerza de voluntada o por negociaciones políticas. La Paz de Dios es un don, que supone sin embargo el esfuerzo del hombre por llevar adelante la ley de amor de Jesús, de justicia y de reconciliación mutua.

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