El tema de esta liturgia dominical es la misericordia y perdón de Dios.
Ya en el Antiguo Testamento la misericordia era la cualidad de Dios más atrayente para el pueblo. Sabían que cualquiera que fuera su infidelidad, su Dios estaba siempre dispuesto a perdonarlos y a creer que podrían eventualmente cambiar. Como es el caso de la primera lectura.

En la segunda lectura, San Pablo recuerda su experiencia personal de la misericordia de Dios. Un Dios que olvidó completamente su pasado pecador, lo convirtió en discípulo y ministro de Cristo, concediéndole una medida desbordante de su gracia. Por eso San Pablo está tan convencido que Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores.

El Evangelio de hoy, es sobre la compasión y la misericordia de Dios con los pecadores. Es sobre Cristo que vino a buscar a los pecadores, y a aquellos que se habían extraviado y que parecían perdidos. La explicación de Jesús está ilustrada con la parábola de la oveja perdida y la parábola de la moneda perdida. ¿Qué podemos aprender de ellas?
Primero: La religión no es solo para la gente buena y santa, sino también para los pecadores. Algunas personas piensan que los sacerdotes y los buenos católicos no deberían alternar con gente viciosa, explotadores, gente que vive en el pecado, y así. (En este Evangelio Jesús es criticado porque dialogaba con pecadores). Por el contrario, la preocupación de la Iglesia, como la de Jesús, son los alejados, no los ya convertidos.
Segundo: La conversión de un verdadero pecador es un milagro moral, así como sanar una enfermedad incurable es un milagro físico. Solo Dios puede hacer eso. Pero Dios habitualmente usa a otras personas y la Iglesia como instrumentos. De esta manera Dios nos muestra su misericordia tanto con el pecador como con el apóstol.
Tercero: Por lo tanto, una conversión trae “alegría en el cielo”, y nos debería traer alegría a nosotros también. A veces somos muy materialistas, y nos alegramos solo con las mejorías materiales o de la salud.

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