Estamos comenzando el tiempo de Cuaresma. Cuaresma mira hacia la Pascua, el tiempo de gracia y resurrección (espiritual ahora, integral en el futuro). Pero para resucitar con Cristo, debemos morir con Cristo al pecado y al mal. Por lo tanto, la Cuaresma es un tiempo de “Muerte Espiritual”, es decir, de conversión.  

Los temas de la liturgia cuaresmal serán en torno al pecado y a la conversión. Para comenzar, este domingo somos confrontados con la realidad del pecado dentro y en torno a nosotros. Por eso leemos el relato del Génesis sobre el comienzo del pecado en la humanidad. Este relato, escrito en forma de parábola, nos entrega un mensaje vigoroso: el pecado fue introducido al inicio por la desobediencia del hombre (pecado original), incitada por el tentador (el demonio).

En la segunda lectura, San Pablo elabora una teología sobre ese pecado original y la condición pecadora de la humanidad. En este sentido todos los hombres son pecadores; hay una trágica solidaridad en el pecado, agravada por nuestros pecados personales. Sin embargo también estamos, y de un modo más decisivo, en solidaridad con Cristo, que por su obediencia hasta la cruz venció al pecado a nombre nuestro. Escoger a través de la conversión la solidaridad con Cristo es lo que trata la Cuaresma.

El Evangelio de hoy, es el relato de Mateo de la triple tentación de Jesús en el desierto. Toda tentación es una seducción al pecado; Jesús rechaza al demonio y sus tentaciones, iniciando así su vida pública y su misión con una primera victoria sobre el pecado. Pero en este bien conocido texto del Evangelio, Jesús también ofrece un ejemplo a sus seguidores: así como él mismo luchó contra el mal y la seducción de la tentación, igualmente debemos hacer nosotros. Como la tentación es una realidad siempre presente en nuestras vidas, la lucha contra el mal y el pecado es una dimensión esencial de nuestra vida cristiana. Es el primer aspecto de la conversión, siendo el segundo y el más importante nuestro crecimiento humano y espiritual. Pero no podemos crecer sin desembarazarnos de los obstáculos a la gracia y a la conversión.

La Cuaresma en general, y este Evangelio, es una llamada a recordar que como cristianos (y como seres humanos por la misma razón), no podemos prescindir de luchar contra las fuerzas del mal dentro y fuera de nosotros. Por eso es que la Iglesia en Cuaresma insiste en la necesidad de la oración, la mortificación y la práctica de la caridad. Pues estos tres valores cristianos son antídotos poderosos contra el pecado y la tentación. Son la “energía” que nos mantiene en marcha a través del arduo camino de la conversión.

View our live streams